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De la evolución del teatro venezolano desde el punto de vista de negocios

En 1996…

… fui invitado junto a Héctor Rodríguez Manrique, hoy eminente actor y director teatral, a dar una charla frente a un nutrido grupo de estudiantes de la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo.

Mi invitación era para hablar sobre las limitaciones inherentes al teatro desde el punto de vista económico.

Y eso expliqué, basado en el clásico texto de Baumol & Bowen “Performing Arts. The Economic Dilemma”, cuya tesis sostiene que las artes escénicas tienen una limitación estructural particular.

Por una parte sufren la presión inflacionaria y los aumentos de sueldo como todo agente económico, pero tienen la restricción de contar con salas pequeñas que son casi imposibles de ampliar, para diluir esos costos crecientes.

Al analizar esta situación en términos de costos marginales, como le gusta hacer a la economía, se define lo que llaman un lag de productividad y que la mejor manera de explicarlo es que “suben los costos, pero no pueden aumentar las unidades producidas”, que en este caso serían espectadores en la sala.

Esta situación genera presiones en la estructura de costos de las artes escénicas que son casi insalvables.

Con estos argumentos, Baumol & Bowen justifican los subsidios por parte del Estado y terceros privados; pero también abrían un fértil terreno para la discusión de cómo emprender un teatro sustentable desde el punto de vista económico, tal como existe en Nueva York (Broadway) y otras partes del mundo.

La reacción de la audiencia y del mismo Héctor, a quien conocí con anterioridad en algunos talleres en el GA80, ante estas ideas fueron de absoluto rechazo. El purismo del arte no podía ni debía someterse jamás a los caprichos del mercado, en resumen, era su argumento. Básicamente, me cayapearon ese día y dejaron claro que el arte era una cosa y el dinero, otra.

El contexto

Se debe entender que esa era una época donde aún las artes escénicas en general, y el teatro en particular, dependían en buena medida de los subsidios gubernamentales otorgados a través del CONAC. Donde había muy pocas referencias de teatro comercial: el Teatro Chacaito, de Guillermo “Fantástico” González – un vibrante animador de la época- cuyas producciones eran bastante mediocres y arrabaleras, aunque exitosas a nivel de público.

En el otro extremo se tenían como referencias los Festivales Internacionales de Teatro y a compañías como el GA80, Rajatabla y Theja, que hacían un teatro mucho más interesante y denso.

Sugerir que se explorasen “paquetes” más comerciales, pues era una invitación a caer en la chabacanería y lo vulgar, según las interpretaciones de la época.

El Cambio

Pero este mundo y este país cambiaron en estos veinte años. La crisis política-económica fracturó definitivamente el mundo de la cultura y las artes escénicas, haciendo casi imposible obtener recursos del Estado a buena parte de los creadores teatrales.

En estos años vimos cómo se expropió el edificio al Ateneo de Caracas, se empezaron a negar subsidios por razones político-partidistas, se cerró RCTV que era la principal fuente de producciones nacionales, se cerró las puertas de espacios como el Teatro Teresa Carreño y Poliedro de Caracas a los espectáculos independientes.

Pero también empezaron a pasar cosas nuevas, como reacción a esta realidad emergente: creció el número de actores o pequeñas compañías que emprendieron proyectos propios usando el monólogo como forma expresiva para sus montajes. “Monologos de la vágina”, “El aplauso va por dentro”, “No eres tu, soy Yo” aparecieron como referencias de este movimiento.

Nuevos espacios emergieron, como el Centro Cultural Trasnocho, el Centro Cultural BOD o el Teatro Santa Rosa de Lima. Que no sólo son vistosos, sino que comienzan a incorporar elementos importantes de atención al cliente: compra por internet, bar, estacionamientos, ventas de comida, etc.

Las plataformas de venta de tickets electrónicos evolucionaron y fueron aceptadas por el público y los productores.

Se engendró un pujante movimiento de Stand-up comedy, un género sajón que caló en Venezuela y que se puede ver en locales nocturnos o en teatros establecidos.

Nació el Microteatro, una revolucionaria forma de afrontar el hecho escénico, pues reduce el tiempo de duración de las obras a 15 minutos y es capaz de ensamblar 25-30 producciones en escena de manera simultánea. Ya llevan 10 temporadas.

La experiencia del Microteatro es además excitante porque es cómo asistir a una casa de bolsa de artes escénicas. Uno es bombardeado por afiches, promotores, volantes, y los mismos actores que tratan de influir en la decisión de compra de los espectadores en la misma taquilla del teatro. Asiste mucho público joven.

Y una vez adentro, se pueden ver cosas interesantes.

Herramientas gerenciales aplicadas a las artes escénicas

Al revisar esta evolución, se nota que quienes viven del arte escénico han desarrollado un conjunto de capacidades gerenciales interesantísimas.

Han aprendido a explorar nuevas formas de producto, capaces incluso de desafiar las limitantes expuestas por Baumol & Bowen; han desarrollado habilidades de mercadeo y ventas formidables; han generado espacios más agradables, transformando la experiencia del espectador en algo más positivo (y rentable); han cambiado hasta los días y horarios de las funciones para maximizar la audiencia en sala.

Quizás sea complicado ver en Caracas hoy en día aquí un montaje de “La Tempestad” de Shakesperare, o una obra como “Historia de un Caballo” con decenas de actores en escena. Pero el teatro sigue vivo y sigue generando reflexión.

Al final, eso es lo que queríamos todos…

 


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